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Bolsonaro venceu, Tristeza não tem fim

→ El problema fundamental de la filosofía política sigue siendo el que Spinoza supo plantear (y que Reich redescubrió): «¿Por qué combaten los hombres por su servidumbre como si se tratase de su salvación?» Cómo es posible que se llegue a gritar: ¡queremos más impuestos! ¡menos pan! Como dice Reich, lo sorprendente no es que la gente robe, o que haga huelgas; lo sorprendente es que los hambrientos no roben siempre y que los explotados no estén siempre en huelga.

¿Por qué soportan los hombres desde siglos la explotación, la humillación, la esclavitud, hasta el punto de quererlas no sólo para los demás, sino también para sí mismos?

Nunca Reich fue mejor pensador que cuando se niega a invocar un desconocimiento o una ilusión de las masas para explicar el fascismo, y cuando pide una explicación a partir del deseo, en términos de deseo: no, las masas no fueron engañadas, ellas desearon el fascismo en determinado momento, en determinadas circunstancias, y esto es lo que precisa explicación, esta perversión del deseo gregario.

Gilles Deleuze & Félix Guattari

"El Anti-Edipo"

PRELUDIO

Videla no llegó al poder de la noche a la mañana ni empezó a desaparecer gente por casualidad. Fue el emergente de años de violencias, atropellos y autoritarismos, de un sinfín de actos y omisiones, grandes y pequeñas. De fraudes, despojos, bombardeos, saqueos, golpes, asesinatos, abusos de poder, e injusticias varias no sancionadas en el país, la ciudad, en el barrio, la fábrica, la oficina, la casa y el dormitorio, que ocurrieron durante décadas, años, meses, un día o un segundo.

Bolsonaro tampoco llegó a un paso de tomar el poder en Brasil de casualidad ni de la noche a la mañana. Es, en lo inmediato, el resultante de un golpe institucional. Un golpe a Dilma, sí, a Lula y el PT, también, pero sobre todo a la democracia brasileña. Golpe que triunfó por algunos escualos nostálgicos de poder olieron sangre, porque la mayoría silenciosa consintió, y porque demasiado pocos demasiado débiles se resistieron.

El golpe a Dilma tampoco llegó por casualidad, ni fueron sus errores políticos y económicos  los principales causales. La implosión de un sistema político partidario-empresarial-judicial-mediático  podrido de corrupción abrió la puerta de par en par. Pero la tragedia empezó a gestarse mucho antes.  Sólo una larga historia de racismo, de clasismo, de misoginia, de homofobia, explica el desplazamiento del Partido de los Trabajadores, ese que en 12 años sacó a 30 millones de brasileños de la pobreza, y la proscripción de su líder Lula. Una historia, como la Argentina, quizás más, plagada de violencias, injusticias, miedos y autoritarismos pequeños y grandes, del patrón de hacienda en el nordeste a su campesino descendiente de esclavo, del minero en Amazonia al aborigen ancestral, del capataz en el Minas Gerais al “boia fría” recién llegado, del dueño de fábrica en San Pablo al peón explotado, del nuevo rico en Río de Janeiro a su vecino afavelado, del yuppie financista al sin tierra, del burócrata al sin techo, del policía al travesti, del marido golpeador a la madre castigada, del pequeño comerciante al que no tiene para comprarle, de los que lincharon al migrante venezolano el mes pasado y los que no hicieron nada para impedirlo. Odios, abusos, humillaciones que demasiados ignoran o toleran, por conveniencia, miedo o comodidad.

Y casi al final del cuento aparece un presidente de facto y probadamente corrupto como Michel Temer, que de tan repudiado ni puede salir a la calle,  que congela los presupuestos de salud y educación para financiar una masiva intervención militar en el estado vidriera de Río de Janeiro, para que los uniformados se vayan haciendo la idea de lo que se siente tener rienda suelta para trenzarse con narcos y paramilitares, sin arreglar nada, ni siquiera esclarecer la ejecución de Marielle Franco, mientras y los enfermos, analfabetos, maestros y enfermeros aprenden a sentir nuevamente el desamparo del estado.

Ahora llega Bolsonaro y con él, el infierno asoma a la vuelta de la esquina. Cuarenta y seis puntos contra veintinueve es mucha ventaja. Algunos se ilusionarán pensando en lo que pasó en Francia en el 2002 cuando Le Pen padre entró a ballottage, cuando también asomaba el infierno y toda Francia se unió para darle una paliza en la segunda vuelta. Ojalá. Pero aquella vez el neofascista francés se coló en la final por sorpresa, entró segundo atrás de Chirac y la ola mundial de extrema derecha liderada por Trump era más ciencia ficción que ciencia política. En cambio hoy en Brasil, lejos de unirse contra Bolsonaro y sus huestes, los evangélicos lo aplauden, la izquierda dura llama a votar en blanco y la centroderecha vacila y calla. ¿Qué estará pensando hoy Fernando Henrique Cardoso, arquitecto de la democracia moderna brasileña, quien tras apoyar explícitamente al golpe, ahora murmura entre sus íntimos, demasiado tarde y con demasiada discreción, que lo mejor sería que el ballottage lo gane Haddad?

No será un milagro afrancesado el que saque a Brasil de la barbarie. La democracia perdida se recupera con luchas pequeñas y grandes,  protesta y canción, resistencia y solidaridad, gestos individuales y gestas colectivas, hoy y siempre.

Santiago O’Donnell